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jueves, diciembre 08, 2011

Cintas de cassette

Si naciste antes de 1990, seguro que tienes un montón de cintas de cassette que ya no escuchas.
El mp3, itunes, ipod, podcasts y demás audios contemporáneos han hecho que nos olvidemos de ellas. Recordando el título de una conocida canción de los 80: "Mp3 killed the audio tape star". En fin.
El otro día quería convertir el audio de una cinta de cassette a mp3 con el fin de no perder ese audio, porque la cinta tiene más de treinta años, y me sonaba que alguna vez ya se nos había enganchado la cinta (véase glosario al final del post) en alguna radio, indicio de que a esa cinta le quedan pocas vueltas ya. Su contenido es altamente valioso, personal y sentimentalmente hablando. Así que para hacer frente a la obsolescencia del formato "casete", cogimos una radio, un cable de dos clavijas y un mp3 con grabadora y ¡a convertir se dijo!
Pero pasó lo que tenía que pasar. La cinta era tan vieja, que al rebobinarla (véase glosario al final del post), un extremo se rompió, lo que hizo que tuviéramos que desmontar la cinta, arreglarla y volverla a montar. Escuchamos la cara A de la cinta y al llegar al final de la cara, volvió a pasar: el otro extremo de la cinta, que no estaba mejor, se rompió también. Volvimos a desmontar la cinta, pegamos los extremos con paciencia china y volvimos a atornillar los cinco tornillicos de la cinta.
Naturalmente no era la primera vez que hacíamos esto a una pobre cinta. Este proceso lo habíamos repetido unas cuantas veces en nuestra más tierna adolescencia. Y me gustó recordarlo. Aunque había que reconocer que en ocasiones este proceso de desmontaje y montaje podía desanimarte, desilusionarte, desesperarte... pero sabías que estaba en tus manos arreglarlo o destrozarlo. Las tijeras y el celo transparente eran herramientas muy valiosas, las únicas que podían hacer que esa cinta volviera a cobrar vida.
¡Ay amigo! ¿pero y si ahora se te estropea un mp3? ¿cómo arreglas eso? (la verdad que nunca se me ha estropeado un mp3, pero bueno...).Y si aparece un nuevo formato... ¿qué haremos con nuestros mp3? ¿se nos quedarán obsoletos?
Después de estos desvaríos tecnológicos, comentar que finalmente obtuvimos nuestro premio: pudimos arreglar y oír la cinta, y sobre todo, grabarla.
Nuestro audio analógico ya es digital.
Aunque hay gente que sale en la cinta que le hubiera gustado que la casete se hubiera auto-destruido antes de convertirla a mp3. Jijijiji.

Las tripas de la casete

Empalme casero

¡Lista!

Glosario para analfabetos analógicos:
  • Cinta de cassette (casete):  formato de grabación de sonido de cinta magnética ampliamente utilizado [Fuente: Wikipedia. Más info: Casete (Wikipedia)].
  • Engancharse una cinta: cuando la cinta de la casete, por diversos motivos (falta de tensión en la cinta,...) se enganchaba en la cabeza lectora de la radio-casete. Normalmente no te dabas cuenta de que ésto había pasado hasta que ya era demasiado tarde, y de pronto lo que estabas escuchando se convertía en un sonido tal que: ¡ñíeeegghhhggszszzzffrrrsshhh!
  • Pasar hacia adelante / Rebobinar (pasar hacia atrás): teclas de las radio-casetes que permitían pasar rápidamente la cinta, para adelante o para atrás. Normalmente no venía esta palabra en español, no, era todo más complicado. Estaban codificadas en inglés: Forward y Rewind. O mejor todavía, estaban sus siglas: F.FWD / REW.


lunes, diciembre 05, 2011

Postales de Navidad

Me gusta escribir y enviar postales de Navidad. El otro día me puse a revisar postales que guardo desde el año 86, así que imaginad la de postales que tengo para releer... ¡Qué de recuerdos mientras ojeaba las postales que nos enviábamos las compañeras de clase las unas a las otras! ¡Qué emoción cuando te daban una!
Me he dado cuenta que muchas de ellas estaban firmadas por "Ferrándiz" (Juan Ferrándiz Castells) y navegando me entero que en el año 2006 se publicó un libro llamado "La Navidad de Ferrandiz". Me gustaría poder echarle un vistazo. Tiene que ser un lujo ver sus ilustraciones.


En fin... ya que no nos escribimos cartas como antes, ¿por qué no seguir enviando postales de navidad?

miércoles, julio 04, 2007

Los 80

Los 80 están aquí. En realidad hace bastante tiempo que su estética, su moda, sus grupos musicales y su música, nos rodea sin darnos cuenta. Y me gusta. Es nostalgia pura. Pero es normal. En los 80 pasé de la infancia -3 años- a la temprana adolescencia -13 años- y esto inevitablemente marca, imprime carácter y te hace quererlo recordar de vez en cuando. Es entonces el momento en que te das cuenta de que te haces mayor.
Ese gran momento como bien apunta el anuncio de Coca Cola "La generación de los 80" puede surgir cuando un niño o pre-adolescente, mientras viajas en el autobús, te toca en el hombro y te pregunta "Por favor, SEÑORA, ¿va a bajar?"; silencio. Te quedas inmóvil pensando, sin hacer nada, porque tu mente está disculpando a ese joven que no es consciente del daño que está haciendo, nonono, intentas razonar y argumentas que su juventud, las hormonas o llevar el mp3 a toda tralla le ha dejado sin base crítica ni razón; pero en el fondo querrías arrinconarle y amedrentarle con frases tan amenazantes como "¡Pero vamos a ver! ¿dónde ves las arrugas o algún signo o señal de que YO soy una SEÑORA? ¿¿Pero en qué te basas para decidir que yo ya soy una señora?? Es un momento duro y difícil para todos.
Pero este trance de comprender que uno ya empieza a tener unos años, puede llegar de una manera menos dramática: en una reunión con los amigos. El desencadenante puede ser simple. Una palabra lo desata todo. Por ejemplo: Teleindiscreta. ¡Aah ya no hay escapatoria! Todos comienzan a recordar los viejos tiempos, esas pequeñas cosas sin importancia como las modas, los albumnes y cromos que se intercambiaban, los juegos a los que jugabas, los dibujos que veías... Y encima sonríes y disfrutas como una enana hablando de ello. Lo cual viene totalmente fomentado por esos correos-e en los que te retan a que aciertes las canciones de los dibujos de tu infancia y recuerdes sus personajes. Y es que uno empieza por recordar tontamente una sintonía y de pronto se encuentra una noche de madrugada buceando en Internet en páginas de algún apasionado -ahora también llamado friki- que como tú, se sabe todas las series habidas y por haber y comienzas luego a ver vídeos musicales y te bajas las sintonías de los dibujos animados y de series del e-mule o directamente las ves en YouTube.
Hará unos tres años Tele5 emitió unos pocos capítulos de una serie española llamada "Los 80". Lo que parecía ser una serie con éxito similar a la tenida por la serie "Cuéntame como pasó" fue un pequeño fiasco. Quizás los 80 no están tan lejos como para abordarlos con la debida perspectiva que se merecen, o quizás los personajes no cuajaron, no sé, la cuestión es que nos quedamos sin esa visión de los años 80 españoles que quería completar con mis recuerdos ochetenteros.
Mis recuerdos de entonces son de música italiana de baile, el "Italo Dance", de los veranos en las playas de Salou, la música de verano, de aprender las canciones de Mecano -que para mí no tenían sentido alguno como "Viaje a Venus" pero que me parecían geniales-, para cantarlas luego en el autobús cuando íbamos de excursión con el colegio, de tardes inventando bailes, de la revista Teleindiscreta y sus pegatinas con los NKOTB, Kirk Cameron o Rick Astley, de los chinitos de la suerte, las caras acid, los cromos del album de Ciencias Naturales, de Willy Fog o de David El Gnomo de Danone, de las manualidades con arroz y pinzas, y cómo no, de los protagonistas de las series americanas que me parecían todos guapísimos: sí, me gustaba David Hasselholff, Rex Smith o ese Fénix (Phoenix?) del Equipo A, Dirk Bennedict.
¿No se nota esa sensación de los 80 flotando en el aire cuando aparece el anuncio de movistar con la canción "Ma Quale Idea" de Pino D'angio o cuando te encuentras el anuncio de Cuatro con "Aire" de Pedro Marín?, y ¿no era genial cuando "El Anterior Centro Comercial Conocido Como Pryca" utilizaba la "Dolce Vita" de Ryan Paris?

sábado, febrero 03, 2007

Rubor

Recuerdo el sonrojo como un compañero fiel desde siempre. Cuando niña, en 3º o 4º de EGB, mi cara era todo un rubor cuando la profesora nos hacía decir la lección en alto delante de toda la clase o cuando me mandaba a otra clase para pedirle a otra profesora un borrador o cualquier otra cosa (en alguna ocasión hasta me negué a ir a la clase...). En la adolescencia aunque también mi cara se encendía al hablar delante de la clase en el instituto o universidad, casi siempre estaba asociado con la timidez a relacionarme con el desconocido sexo masculino. Mientras he ido creciendo, conociendo a gente, tomando decisiones, adquiriendo responsabilidades, la vergüenza ha ido disminuyendo, pero sigue ahí. Los motivos ahora son diferentes: por hacer algún comentario rídiculo, de impotencia, enfado, sentir que la atención está puesta sobre mí, ... Pero aunque sienta que me sonrojo no le doy la importancia que antes le daba a que la gente vea tan claramente por mi color que ha habido algo que me ha turbado, y sobre todo a que le den un significado, ya sea acertado o no. Una vez un profesor de lenguaje del instituto (la única vez que he oído a alguien hacer un comentario positivo sobre el rubor) me explicó el encanto que para los hombres tiene el que una mujer se sonroje. Me sonó alagador lo que me dijo, pero ¿quizás era una forma de pensar algo machista tras la cual se escondía la idea de que el hombre ve deseable a una mujer débil a la que proteger, inocente, tímida, apacible, sumisa,...? Puede... pero me gusta pensar que a veces con este inconveniente que tenemos las tímidas se pueda conseguir el efecto contrario que creemos que estamos causando.

martes, enero 16, 2007

Ordenando recuerdos

Por fin ya casi he terminado de sacar cosas y más cosas de las cajas de mi mudanza. Esta semana que viene va a hacer un año que dejé Madrid y vine a Zaragoza.
Sin parar estos días he intentado poner en la organización de mis papeles, carpetas y archivadores (si me leyera Guille me diría, "claro si lo hubiéras quemado todo como yo te decía...") algo de lógica, para mí, claro. Ha sido agotador. Y todavía me queda... Cosa curiosa: he encontrado cosas que creía perdidas o que ni siquiera sabía que tenía, y sin embargo, otras que pensaba que guardaba, no están, ¿las habré perdido?; en realidad, no importa.
Mientras agrupaba y decidía dónde colocar mis recuerdos, me iba recreando en ellos, porque casualmente todos eran buenos: el resguardo de un concierto al que me invitaron, tarjetas, regalos, libros que fui acumulando, fotografías, cartas, callejeros, resguardos de tickets, los boletines INFOR de la residencia,... ¡tantas cosas que aquí no caben!...; pero no hace falta ponerlos aquí todos; ahora tengo en mi habitación pequeños retazos, nada, cosas sin importancia; lo suficiente para que simplemente con una mirada, cuando quiera, cuando lo necesite, vuelva a revivir con una sonrisa esos momentos.

jueves, noviembre 09, 2006

El mercadillo

No importa el jaleo, ese murmullo constante. Mientras ando entre sus puestos me encuentro en paz, relajada. Es un lugar asociado a la infancia; a las madres y mujeres dando la vez, las vecinas poniéndose al día, cogiendo retazos de comentarios de lo cara que está la vida. No sé por qué, otra de esas asociaciones raras que en un pasado se me debió quedar grabada a fuego, es la de relacionar el mercadillo con la lotería, el Gordo de Navidad. Supongo que es porque ambos son populares, de la gente del barrio, por su algarabía..., porque ese día en el mercadillo es Navidad. Cuando estaba en Getafe, en la residencia, en la soledad de estar estudiando para los exámenes, más nerviosa que otra cosa, ir al mercadillo de Las Margaritas a comprar fruta o jamón serrano era un regalo que me hacía cuando me había repasado todos los temas. Era como estar en casa.

domingo, septiembre 17, 2006

Azar

casualidad o coincidencia.
El azar es después de haber sido. Es esa sorpresa resultado de la confluencia de varios hechos independientes entre sí y que coinciden en un momento en el tiempo y en el espacio.
Me encanta contar esos momentos y su contexto para causar en la otra persona esa misma sensación que te inundó cuando comprendiste la esencia del suceso fortuito.
He aquí el porqué de estas dos pequeñas historias.

La primera no me ocurrió a mi directamente, sino a mi padre.
Hará diez años, mi padre trabajaba montando muebles, cocinas, etc. por diversas casas. Era verano, y él trabajaba en Zaragoza mientras el resto de la familia estábamos en Aguarón (algunos años nos pasábamos allí gran parte del verano). Así que un día de aquellos trabajando en casa de una señora ya mayor, le comentó que cuando terminaba la jornada de trabajo, todas las tardes en vez de irse para Zaragoza, se iba para el pueblo que quedaba cerca. La mujer siguiendo la conversación le preguntó a qué pueblo iba. Mi padre le dijo que a Aguarón. Vaya qué cosas ¡si es mi pueblo!, le contestó. Resultaba que ella había nacido y vivido en una casa que hacía años había vendido. Mi padre le siguió preguntando la calle en la que había estado su casa. Vaya, pensó él, qué casualidad, ¡si su casa estaba en la misma calle que la nuestra! Pero no sólo eso. Al seguir explicando la mujer dónde estaba situada exactamente, mi padre ya no podía creérselo. ¡Estaba hablando con la dueña original de nuestra casa! Nosotros la compramos a una familia a la cual esta señora se la había vendido. Por eso no la conocíamos. Con curiosidad mi padre le pidió que contara como había estado distribuido el interior de la casa en sus tiempos. Y así fue como nos enteramos que debajo de nuestra casa del pueblo teníamos ¡una bodega!, con sus estrechas escaleras de piedra, arcos de medio punto...

Lo siguiente sí me ocurrió a mí cuando vivía en Madrid.
Una tarde de octubre, allá por 2003, iba a salir a hacer algunos recados. Al coger mi chaqueta de pana marrón me sentí algo rara. Me miré en el espejo. O yo había encogido o la chaqueta me quedaba algo grande. En fin. Pero lo que ya sí me dejó algo extrañada fue que al meter las llaves en los bolsillos de esa chaqueta, podía meter la mano, algo que hasta entonces no era posible porque siempre habían estado cosidos. Era una tontería, sí; pero no tenía sentido. Al meter las dos manos en los bolsillos mientras daba vuelta a estos pensamientos, palpé en uno de ellos un papel. Era un ticket bastante largo de una compra en un supermercado, que aunque estaba relativamente cerca de casa, jamás había estado ahí. Lo más lógico (porque tengo que confesar que pensé cosas ilógicas) sería que alguna de mis compañeras de piso le habría apetecido coger la chaqueta y ya está. Así que olvidé el tema hasta que por la noche coincidimos en casa. Para nuestra sorpresa, ninguna la había cogido. No entendíamos nada. Una de mis compañeras, tras darle vueltas al asunto, pensó que lo que podría haber sucedido es que yo hubiera dejado la chaqueta en algún sitio en el que hubiera más gente, y alguien por equivocación cogiera la mía y yo me llevara la suya. Pero yo no recordaba en qué momento podía haberme sucedido esto... hasta que un recuerdo salió de entre las sombras y... ¡en la peluquería! Allí siempre te quitaban la chaqueta y la guardaban en un armario. Tenía que haber sido ahí. La suerte hizo que aparte de que coincidiéramos dos personas en una peluquería con la misma chaqueta, que no era tan difícil, que ese mismo día la mujer que se llevó mi chaqueta hiciera una compra semanal de reparto a domicilio y metiera el ticket en el bolsillo. Un ticket en el que aparecía su número de teléfono. Así fue como recuperé mi talla S de chaqueta. Porque efectivamente la suya era una talla más grande. Me hubiera gustado ver su cara cuando le conté la historia por teléfono, pero más me hubiera gustado verla cuando se puso por primera vez la chaqueta que le hizo sentirse más grande y cuando fue a meter las manos en sus ¡bolsillos cosidos!

miércoles, julio 26, 2006

Antes escribía cartas

La inmediatez del correo electrónico ha desplazado el ritual de escribir cartas. Aunque yo creo que la llegada del verano recupera esta actividad de querer contar personalmente con tu letra, con tu tiempo aquello que vives desde los lugares de ocio; y es que ya no te agobían las prisas diarias, no necesitas un ordenador portátil ni conexión wi-fi... pues eso todo un lujo asiático.
En mis vacaciones de verano escribía bastantes cartas. Al pueblo me llevaba una hoja por las dos caras con las direcciones de las amigas a las que escribiría. Gran parte de las mañanas transcurrían mientras redactaba lo ocurrido los días precedentes. Era muy divertido. Y laborioso. A veces hasta las pasaba a limpio. Había ya tantas flechas y tachones que remendaban lo dicho que más que una carta parecía un jeroglífico, y hombre están bien los pasatiempos estivales, pero no era plan...
Lo mejor era la espera. Todos los días ahí estaba pendiente de que llegara alguna carta. A eso de las 10 de la mañana se oían las ruedas del carro que acompañaban a la cartera subiendo la cuesta de nuestra calle. Distinguiría ese sonido entre un millón. Me quedaba quieta, esperando, quizás mirando detrás de las cortinas del balcón a ver si se paraba ante nuestra puerta y cerrando los ojos esperaba oír nuestro timbre ¿...?
Cuando llevaba ya bastante rato esperando a que llamara, mala señal... tocaba esperar por lo menos otro día más. ¡Aah, pero cuando sonaba la campana...! Como un rayo, bajaba corriendo las escaleras y con una sonrisa de oreja a oreja, abría la puerta. La cartera te miraba, ¡buenos días!, decía tu nombre y te entregaba uno, dos, ¡¡tres sobres!! ¡una ilusión incomparable!
Quizás se puede acercar cuando al abrir tu correo electrónico ves: Bandeja de entrada (5). Si hubiera uno o dos no te haces muchas ilusiones pero con cinco... ¡Todo no puede ser spam!

domingo, junio 04, 2006

El verano se siente

Se siente cuando abro la ventana de mi cocina me asomo y miro deslumbrada la luz del patio interior blanco; en él, la ropa tendida todavía humedecida, se mece con el viento suave; mientras, cierro los ojos y aspiro... son los mismos agradables y ligeros olores de siempre que me traen a la memoria imágenes de ayer.
Se adivina cuando el sol se cuela, adornando la cocina, entre las rendijas de las tablillas de la persiana verde.
...
Se comienza a vivir cuando llega la noche más corta, la noche de San Juan.

jueves, abril 06, 2006

La vida tranquila en el barrio

Es una de las cosas buenas de volver a tu barrio, el que has recorrido mil veces, en el que has vivido toda la vida. Vas andando por sus calles para hacer recados y cada diez metros hay una cara conocida que has visto desde siempre. Con las caras de la gente, me suele pasar una cosa curiosa. Cuando me fui a Madrid creía ver en las calles de Getafe, de la zona de Pacífico o Conde de Casal, caras de gente que eran de mi barrio de toda la vida o conocidos de Zaragoza..., y claro ahora me pasa lo contrario, que a veces tengo la sensación de ver a gente que he visto en Madrid... son como "déjà-vu faciales" (vaya expresión que me acabo de inventar....).
El barrio es como el pueblo. El otro día estando en el Parque de la Aljafería, sentada en un banco, tranquilamente, vinieron dos señoras mayores, cogidas del brazo con dos ramitos de violetas que acababan de coger y que mostraban cual trofeo, ellas, todas contentas porque ya era privamera, y recordando sus años de infancia se nos pusieron a cantar "Veniiiiiiid íbaaaamoos tooooooooodos, con floooooooores a Mariiiía, con flooooores aaa Mariiiiíaa, que Madre nuestra eeeees". Me hicieron mucha gracia, aparte que también me hicieron regresar mentalmente a mis años de 3º EGB, cuando en mayo comprábamos flores y antes de comenzar la clase nos poníamos a dar vueltas por la misma cantando esa canción. Pues eso, que son cosas que sólo pasan con la gente del barrio. Que espontáneamente te obsequian con sus comentarios; sobre todo las personas mayores, más que nada porque tienen más cosas que contar y porque tienen más tiempo. Me hubiera gustado que hubieran seguido contando sus recuerdos, porque empezar, empezaron por la canción, pero siguieron con la poca variedad de comida que tenían cuando eran jóvenes, lo pronto que se pusieron a trabajar sirviendo,... y se pararon ahí. Ante todo estaban en su paseo de la tarde y enseguida marcharon tan felices con sus ramitos de violetas.
El punto y aparte se lo merece la Panadería de la Fina. Es un personaje institucional en el barrio. La Fina. Qué genio y qué gracia que tiene. Encima es que la panadería ocupa un punto estratégico del barrio. En una esquina. En la confluencia de dos calles por donde discurre el barrio entero. Desde ahí lo observa y controla todo.
Es como Javier el conserje de la Residencia de Estudiantes. Aayyyss, lo que no supiera él!!

miércoles, mayo 25, 2005

Música que te remueve

Hay canciones, conjuntos de notas que nada más empezar a sonar traen a tu mente imágenes y de pronto recuerdas un día o semanas, meses enteros, una época determinada vivida... actúan como el poder evocador que tienen los olores... y sientes de pronto una punzada en el estómago!

lunes, marzo 14, 2005

La radio, la música, la vida con banda sonora...

Escucho la radio desde siempre, que yo recuerde. Mi madre tenía una radio en la cocina que compraron en su viaje de novios, y así mientras cocinaba y hacía las cosas de la casa, el sonido, las palabras de la radio se oían por todas las habitaciones… las sintonías de los programas que se repetían a diario… "la rebotiiicaaa..." (era un programa local, de Radio Zaragoza, que se emitía a las ocho, más o menos, de la mañana y con el que nos desperezábamos mi hermana y yo para levantarnos e ir al cole), o la sintonía de "Estudio de guardia" -que lamentablemente no puedo reproducir aquí porque es instrumental, que sino…-, la del "Hoy por hoy"... Con el tiempo el acto reflejo de mi madre de encender la radio para que le hiciera compaña, pasó a nosotras y encendíamos la radio porque sino la casa parece vacía.
En la adolescencia la radio dejó de tener este papel secundario, y pasó a un primer plano. A todas horas escuchando música, esperando a que apareciera esa canción que te obsesionaba y que una vez conseguida en tu cinta de cassette la repetirías sin cesar hasta que te la supieras de memoria o perdiera la emoción de no tenerla todavía.
Hay pocas cosas que igualen el llevar la música palpitando en tus tímpanos mientras caminas por la calle. Quizás, aunque no lo he probado todavía, conducir por la ciudad, sin prisas o por una nacional con tu música favorita sonando a volúmenes prohibitivos... Me gusta más la vida con banda sonora.